A PROPOSITO DE "LA REVOLUCION Y LA TIERRA"

Mario Seoane

 

La recientemente estrenada película “La revolución y la tierra”, es una interesante propuesta por retomar el análisis de la reforma agraria del régimen militar de Velasco, que con sus pro y contra, había quedado pendiente en el tiempo. La narración se inicia desarrollando una línea argumental con la conquista española, el nacimiento de la hacienda como esquema de poder, el hacendado como sinónimo de arbitrariedad, la inequidad en la tenencia de la tierra como reivindicación histórica y dentro de ese esquema, la reforma agraria como un mecanismo político para recuperar escenarios de justicia social.

 

Sin embargo, los hechos revelaron que la ejecución de la reforma agraria demostró finalmente que la arbitrariedad con la que se había representado el hacendado no era privativa de una clase social, los abusos y excesos cometidos en las adjudicaciones y al interior de las cooperativas agrarias, entre los socios ex campesinos y los campesinos no beneficiados, nos dieron a entender que la reforma no había liquidado los conflictos históricamente denunciados.

 

Otra omisión relevante es que la reforma agraria pretendió ocultar, en una línea paralela a la imagen del hacendado, a un sector de profesionales de la agricultura, egresados de la Escuela Nacional de Agricultura, creada a inicios de 1900 y que habían adquirido las tierras con contratos formales, desarrollando importantes esfuerzos que habían permitido que la producción agrícola alcance niveles superiores al 30% del PBI para 1954 (Nelson Manrique, 2014) y que no tenían que ver con los argumentos históricos del abuso y la inequidad.

 

Sin embargo, este grupo importante de profesionales fue también víctima de la ola revolucionaria, fueron igualmente expropiados y hasta maltratados, la misma suerte corrieron muchas comunidades campesinas, que no estaban integradas ni por oligarcas ni gamonales, sin embargo la reforma agraria les cercenó parte de sus territorios sin ninguna compensación y en la actualidad luchan solitariamente por reivindicar sus tierras en sedes judiciales.

 

Un punto clave de la película es cuando uno de los entrevistados, el sociólogo Hugo Neira, explica la relación entre la reforma agraria y el movimiento subversivo denominado “Sendero Luminoso”, que tuvo como bastión de lucha el campo supuestamente reformado. Neira explica que la reforma agraria tal como se ejecutó, había detenido el avance temprano de Sendero.

 

Recientemente Michael Albertus, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago ha publicado una detallada investigación denominada “Land Reform and Civil Conflict: Theory and Evidence from Peru”, donde analiza la ejecución de la reforma agraria y la vinculación con los movimientos subversivos.

Albertus parte del hecho que una amplia reforma agraria radical como se decía era la peruana, debía haber mitigado las aspiraciones de las demandas sociales, sin embargo, en plena ejecución se iba desarrollando un sanguinario movimiento que causó muerte y destrucción en el agro y en todo el país. 

La lectura de la investigación de Albertus nos lleva a la conclusión que, en efecto, un movimiento fundamentalista como el que afectó en el país sólo podría ser consecuencia de una reforma agraria de bajo alcance, por ello Matos Mar (1980) sostenía que las tierras expropiadas sólo habían beneficiado a un 17% de la fuerza laboral agropecuaria en 1977 y en consecuencia fueron insuficientes para beneficiar a la población campesina, los excluidos de la reforma agraria y la continuación de los abusos fueron sin duda, el caldo de cultivo de los movimientos subversivos.

Del mismo modo, si evaluamos los efectos de la reforma a través de las ex-haciendas Tumán y Pucalá, hoy empresas agroindustriales, envueltas en escándalos de corrupción, asesinatos, abusos, deudas e informalidad, veremos que no hay triunfos que celebrar. Todo esto demuestra cómo el tinte populista y voluntarista  de los gobiernos en lugar de solucionar problemas históricos, los pueden agravar.

No obstante las notorias omisiones,“La revolución y la tierra” es un buen punto de partida para retomar espacios de análisis, pero esta vez sin ataduras atávicas ni sesgos ideológicos, por eso la necesidad de contar con data sólida y moderna que ayude a entender la realidad de un proceso que generó una serie de impactos en las estructuras sociales.

Y ello se justifica porque la reforma agraria dejó muchos temas pendientes, entre ellos: titulación de tierras, procedimientos de expropiación no concluidos, el pago de las indemnizaciones, así como un plan nacional de desarrollo agrario general donde coexistan distintas modalidades de propiedad y producción.

Al menos la aparición de un agro tecnificado y competitivo que renace en diversas zonas del país, convirtiendo tierras eriazas en productivas y el panorama planteado en los recientes estudios del Banco Mundial sobre la agricultura en el Perú, permiten pensar positivamente.